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Los últimos días del Padre Luís Pérez Ponce
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En la semana Santa de 1721

 

 

 
En muchas ocasiones hemos leído algunos aspectos de la vida del Padre Luis, sobre todo los relacionados con la fundación de la Congregación de la Beatísima Virgen María y con su labor pedagógica, sin embargo, exceptuando la biografía que escribiera Jerónimo de Vilches, pocas veces se ha escrito de su muerte y de las circunstancias que la rodearon.
 
Releyendo la mencionada obra he tomado algunas notas que unidas a los conocimientos que tenemos de las costumbres religiosas de Villafranca en las primeras décadas del siglo XVIII, nos van a ayudar a ofrecer unas breves pinceladas de los últimos días de su vida.
 
Trasladándonos a la cuaresma de 1721 encontramos al P. Luis, al sacerdote que se dispone para vivir la pasión de Jesús, añadiendo a las muchas labores que él mismo se había impuesto, el ejercicio de la caridad en la persona del soldado que le contagió la enfermedad que más tarde lo llevaría a la tumba. Llegada la Semana Santa cae enfermo y sus últimos días coincidirán con la conmemoración de la muerte y resurrección de Jesús. Las celebraciones propias de estos días -Oficios divinos y procesiones- le van a ayudar a preparar su encuentro con el Padre.
 
 
 
 
 
 
De los primeros, cuenta su biógrafo, que a pesar de la fiebre que le producía su enfermedad se esforzó todo lo que pudo para celebrarlos. En cuanto a las procesiones, podemos afirmar que el P. Luis, como buen pedagogo, se valió de ellas para mover a los fieles al ejercicio de la oración, de tal manera que, a pesar de la gravedad de su estado, quiso asistir a la procesión de Nuestra Señora de la Soledad, sin duda, para que la vivencia de la muerte de Cristo, con la que él mismo había catequizado a sus feligreses, le ayudara a superar el cáliz que su cuerpo debilitado estaba ya padeciendo.
 
Aquella tarde primaveral del Viernes Santo, asistió por última vez a la patética escena que año tras año tenía lugar extramuros del pueblo. En la ermita de la Soledad, los fieles se agolpaban junto al atrio del templo en el que ocupaban un lugar preferente, las imágenes del Crucificado y de la Virgen de la Soledad, a cuyos pies esperaba el sepulcro vacío. Nuestro sacerdote predicaba el sermón del Descendimiento, a la vez que dos personas, que representaban a los santos varones, iban despojando el cuerpo de Jesús de los clavos de la corona de espinas para introducirlo en el sepulcro; terminado el acto se incorporan las imágenes de San Juan y la Magdalena. Organizado el cortejo, los asistentes acompañaban al Santo Entierro hasta la iglesia parroquial donde hacían estación de penitencia ante el Monumento, para dirigirse de nuevo a la ermita. En este sencillo, pero impresionante marco, el Padre Luis tuvo su último encuentro con sus feligreses.
 
La fiebre se apoderó de él y su estado se agravaba tanto que se perdieron las esperanzas de su vida. Sin embargo, pudo sentir el gozo de la Pascua y en la madrugada del viernes 18 de abril, después de recibir los Santos Sacramentos y despedirse de los suyos entregó su alma al Creador.
 
 
Luis Segado Gómez, Cronista de Villafranca

 

 

 

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